¿Por qué la iglesia católica tiene papas? ¿Qué función cumplen los cardenales? ¿Cuál es el origen de los obispos? Te explicamos uno por uno cómo surgen estos cargos en la iglesia y cuál es su función.

Los contenidos son tomados del siguiente libro: 

LECCION VII.

DEL PAPA, DE LOS CARDENALES Y DE LOS OBISPOS.

P. No me diréis qué es el Papa, contra quien tanto declaman y se enfurecen los protestantes todos, los incrédulos y los libertinos?
R. Ante todo voy a deciros dos palabras acerca de lo que significa la voz Papa, y luego os hablaré de su dignidad en la Iglesia. La palabra Papa significa Padre: por manera que lo mismo quiere, decir Papa que Padre y precisamente, porque es el padre universal de todos los fieles, se llama por excelencia Papa. Antiguamente también a los Obispos se les daba este nombre, porque en efecto son los padres de sus súbditos espirituales; pero después entrando el tiempo, quedó reservado exclusivamente el nombre de Papa para el Obispo de Roma, que es el Padre de todos los fieles del globo.
P. Ahora entiendo yo cuál es la causa de que los protestantes, los incrédulos y los libertinos aborrezcan al Papa tan de corazón. Claro está; es porque son otros tantos hijos apóstatas y rebeldes que le niegan a este buen Padre el amor, la obediencia y el respeto que le son debidos. Decidme algo ahora, si os parece, acerca de su dignidad.

R. La del Pontífice es sin disputa la mayor que puede tener el hombre; porque el Papa es el Vicario de Jesucristo en la tierra; el que gobierna a toda la Iglesia con la autoridad que le ha conferido el mismo Dios; es el sucesor del Príncipe de los Apóstoles, a quien Dios ha prometido y entregado las llaves del Cielo, sobre quien ha edificado su Iglesia, y a quien ha encomendado sus ovejas y sus corderos, esto es, todos los fieles: obispos, sacerdotes y laicos, cualesquiera que sean sus grados y dignidad, sin distinción alguna.
P. ¿Pero todo esto se lee en la Biblia?
R. Y aun en letras de a palmo. Ya os he dicho que en el Evangelio de S. Mateo se lee, que, habiendo S. Pedro, por revelación sobrenatural, confesado la divinidad de Jesucristo con aquellas palabras: Tu eres el Cristo, el hijo de Dios vivo; inmediatamente le contestó el Salvador: Bienaventurado eres Simón hijo de Juan, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los Cielos; y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertees del infierno no prevalecerán contra ella; y a ti daré las llaves del reino de los Cielos.
P. En cuanto a S. Pedro, convengo en ello; ¿mas cómo se prueba que los ciernas Pontífices romanos hayan heredado su dignidad?
R. Con las mismas palabras de la Biblia que acabo de citaros, y además de esto con los hechos. En primer lugar se, prueba muy bien con las palabras de la Biblia; porque si las puertas del infierno jamás han de prevalecer contra la Iglesia edificada sobre S. Pedro, y si la vida de este, atendida su edad, no debía ser muy larga, es indudable que la autoridad que había recibido, debía transmitirse a sus sucesores. Lo mismo hemos de decir realmente del cuidado de la grey: que como quiera que esta ha de durar hasta el fin del mundo, es menester que hasta entonces haya quien la guarde y apaciente. S. Pedro, que era el encargado de apacentarla, no podía tener una vida tan larga; por consiguiente, repito lo que acabo de deciros: su autoridad debía durar en la persona de sus sucesores. Pruébese, en segundo lugar, por los hechos; puesto que habiendo S. Pedro, en el principio, fijado su cátedra en Antioquia, la trasladó más tarde a Roma, que en aquel entonces era la capital del mundo pagano, y con esto solo la hizo capital del Orbe cristiano después que hubo gobernado la Iglesia por espacio de veinte y cinco años, siempre fijo, en Roma; allí mismo fue crucificado, dejando a su sucesor, heredero de su silla y de la dignidad de su primacía. Ahora bien, de uno a otro se han ido sucediendo los sumos Pontífices desde S. Pedro hasta Pio IX, por espacio de XVIII siglos, sin interrupción alguna, gobernando siempre la Iglesia del Señor.
P. ¿Y realmente, hay documentos seguros e incontrastables en que apoyarse para probar esta autoridad universal de los romanos Pontífices sobre toda la Iglesia?
R. ¡Y cómo si los hay! Tantos casi, como hechos se refieren en la historia eclesiástica empezando por S. Clemente I, o mejor dicho, por S. Lino, y acabando por Pio IX. Todas las controversias en cosas de fe, y de disciplina universal, todos los PP. de ambas Iglesias, la Oriental y la Occidental, todos los Concilios generales, todas las apelaciones de las sillas principales a la de Roma, todas las cartas decretales que dirigieron los Sumos Pontífices a las diversas Iglesias, y otros tantos hechos semejantes, son documentos irrefragables que demuestran la autoridad que siempre han ejercido los Papas sobre toda la Iglesia. Ellos han sido y son el centro de la unidad católica, que sin este desaparecería del todo; ellos han sido siempre el Sol, del cual parten los rayos todos que iluminan nuestro globo.
P. Pero decidme, ¿tienen noticia los protestantes de los pasajes que me habéis citado, y de los hechos que acabáis de exponerme?
R. Como no sean ciegos o ignorantes, de fijo deben haber llegado a su noticia, y aun los habrán leído mil veces.
P. ¿Pues entonces, cómo es que no creen en el Papa, y antes bien lo aborrecen de muerte?
R. La razón de esto es obvia: es porque precisamente son herejes y protestantes. Los Papas han fulminado siempre contra ellos anatemas y excomuniones por las falsas doctrinas que profesan y por su obstinada tenacidad en quererlas defender, de la misma manera que habían ya anatematizado y excomulgado a todos los demás herejes. De aquí proviene el odio común que tienen los herejes todos a la santa Sede, que desbarató y destruyó sus doctrinas condenándolas. Son como los murciélagos, que, no pudiendo por la construcción de sus pupilas mirar al sol sin sentir dolor, lo detestan, huyen de él, y solo por la noche salen de sus nidos.
P. Vamos, vamos, ya caigo en la cuenta. Ahora voy comprendiendo de dónde nace que los protestantes llamen al Papa el Anticristo, el hombre del pecado, y crean hacernos un insulto llamándonos Papistas, Pontificios, y qué sé yo que cosas mas. Ya se ve; ¿Cómo han de querer ellos a quien los ha condenado por herejes y rebeldes?
R. Tenéis razón. Los protestantes llaman al Papa el Anticristo, como los Escribas y los Fariseos, aquella raza de víboras de que nos habla la Biblia, llamaban al Salvador, energúmeno, belcebú, impostor, porque condenaba sus máximas. Por lo demás, cuando a nosotros nos llaman Papistas, debemos gloriarnos de ello como de un título muy honorífico; porque con efecto, este nombre significa lisa y llanamente católico y adicto a la Santa Sede, que es precisamente lo que deben ser todos los verdaderos cristianos. Y a la verdad, es mil veces mejor ser Papista, que Protestante. Calvinista, Luterano, Zwingliano, Metodista, o Anglicano. Estos sí, que son realmente títulos de infamia.
P. Ahora recuerdo yo una cosa, y es que los protestantes del día, sin duda se avergonzarán de llamarse así; porque ello es, que han dejado aquellos nombres y han tomado en su lugar el de Evangélicos y Reformados. ¿De dónde proviene esto?
R. Os lo diré: se llaman Evangélicos y Reforma dos por antífrasis o contrasentido, puesto que en la realidad no son sino los destructores del Evangelio, y los deformadores de la Iglesia. *¿Os acordáis de que Escipión fue llamado el Africano porque destruyó aquella parte del Continente? Pues de la misma manera se llaman los protestantes Evangélicos, porque han destruido el Evangelio. Bien que tampoco esto es cosa nueva;· pues los antiguos herejes, aunque sectarios y diabólicos, se daban los nombres de Apostólicos, Angélicos, etc.
P. Bien: ya entiendo ahora todo esto; pero, volvamos al Papa. muy a menudo me preguntan: ¿acaso S. Pedro iba en coche? Era Rey? Que debo contestar yo a tales preguntas?
R. En primer lugar, podéis contestar al que os las haga, preguntándole a él, si en tiempo de S. Pedro eran los Reyes y los Príncipes Papas o Papisas, como lo son en la actualidad los Reyes y Reinas los Príncipes protestantes. En segundo lugar, podéis decirles que jamás los Papas han buscado el poder temporal, pero que las circunstancias se lo han hecho adquirir. En los siglos sesto y séptimo, viéndose los pueblos de Italia más cercanos a Roma, y los habitantes mismos de aquella capital abandonados por los débiles Emperadores Bizantinos, y hasta perseguidos por profesar la fe católica, y expuestos a las invasiones de los bárbaros, se pusieron voluntariamente bajo la protección y tutela de los Sumos Pontífices; y a esta circunstancia se añadió un rasgo especial de la divina Providencia. Porque cuando el Imperio Romano se iba desmoronando y se venia al suelo por momentos, y cada conquistador agarraba su presa, era muy del caso que el Pontífice de Roma fuera independiente, pues de lo contrario, si hubiera debido estar sujeto a algún otro Príncipe, no hubiese tenido la libertad necesaria para gobernar toda la Iglesia esparcida y diseminada por tantos Reinos, Imperios y Principados: antes bien, hubiera excitado los celos de los demás Príncipes con sus actos, especialmente si hubieran sido opuestos a sus miras, en cuyo caso los habrían creído debidos al influjo del Príncipe cuyo vasallo fuese. Be aquí es, que muchos Soberanos cedieron de común acuerdo a los Pontífices una buena parte del territorio que habían conquistado a los bárbaros usurpadores; y entre todos contribuyeron a formarle al Jefe Supremo de la Iglesia unos Estados cuya extensión fuera suficiente para conciliarle el respeto de todos, sin excitar por esto el temor de ningún Reino vecino. Ahí Tenéis delineada en dos palabras la historia del poder temporal, de que se halla investido el Pontífice. Ahora bien; supuesto este poder, todo lo de la carroza y de los trenes con que tanto os apuran los protestantes, es cosa indispensable.
P. Pero vamos, seamos francos; no me negareis que en la tenebrosa época de la Edad Media abusaron los Papas de su autoridad, relevando a los súbditos del juramento de fidelidad a sus Señores, y lanzando de sus tronos a los Reyes y hasta a los Emperadores. ¿No es verdad lo que os digo?
R. No puedo pasar por ello, amigo mío; pues todo es una falsedad, y quien lo asegure, calumnia vilmente a los Soberanos Pontífices y a la Santa Sede. Jamás los Papas han ocasionado el menor disgusto a los buenos Príncipes; antes por el contrario, siempre los han defendido y protegido. Pero si los Príncipes abusaban de su poder en detrimento de los vasallos, o en menoscabo de la fe o de la moralidad, acudían entonces los Sumos Pontífices ala defensa de los derechos del desvalido, conculcados en aquellos siglos de hierro en que muchos Beyes eran bárbaros, los cuales, por lo mismo, se creían autorizados para cometer los más enormes crímenes. Entonces se consideraba a los Sumos Pontífices como el genio tutelar de la sociedad, y por esto es que se recurría a ellos para reprimir los desórdenes y dirimir las cuestiones. En tanto es cierto lo que os digo, como que no han faltado graves escritores protestantes que han llamado a los Romanos Pontífices de la Edad Media los salvadores de la civilización europea. Por lo que toca a la excomunión, y a la cesación del poder que en aquel entonces era su consecuencia inmediata, la fulminaban siempre los Papas en castigo de haber impugnado la fe católica, contra aquellos Soberanos que habían jurado conservarla y defenderla. Bien veis que nada había en esto de reprensible; y os convenceréis todavía más de el!6, cuando sepáis que los reformados lo han probado y lo prueban aun con los hechos. En efecto, si alguno de sus Príncipes abraza el Catolicismo, desde luego pierde los derechos al Trono. Supongamos que en Suecia, en Dinamarca, en Prusia, en Holanda, o en Inglaterra, el Rey o la Reina abandonan hoy la secta reformada para entrar en el gremio de la Iglesia católica; mañana mismo habrán ya caído del poder, y sus vasallos les habrán negado la obediencia.
P. Argumento es ese, que no tiene réplica. Pero he oído hacer otro cargo a los Pontífices; a saber: que muchos de ellos han sido malos y de conducta relajada. ¿También este es otro embuste?
R. En todos los estados o condiciones hay personas que dejen eran, y no cumplen ni se portan como debieran; más no creáis todo lo que os han contado. Los adversarios del Pontificado Romano pretenden y aun afirman que los Papas malos han sido muchos; y esto es falsísimo, puesto que según ellos mismos, no pasan de siete u ocho los Pontífices indignos, o a lo mas, cuentan hasta diez o doce. Ahora bien; qué son diez o doce en el largo catálogo de 261 Pontífices en el curso de más de XVIII siglos? Y advertid de paso, que entre los Papas hay más de 80 que son venerados en los altares; y aun aquellos pocos indignos ocuparon el solio Pontificio, merced a las intrigas de partido y de bandería, o de las autoridades laicas, de los condes del Tuscolo, de la Marozia, y de otros semejantes que impedían la libre elección del Sumo Pontífice. Que me citen los contrarios una sola dinastía de Emperadores, Reyes o Príncipes, no diré ya de diez y ocho, sino de tres o cuatro, que no cuente en su catálogo muchos más indignos de los que se citan entre los Papas en el espacio de 1858 años: a buen seguro que no se encontrará una sola dinastía que ofrezca un catálogo de hombres doctos, puros, virtuosos, benéficos y magnánimos, como el que ofrece la Silla de S. Pedro. Es menester estar ciego de furor y de odio contra el Catolicismo para proponer tal dificultad, que si bien se mira, redunda en bien de la misma religión que se quiere atacar: puesto que ninguno de los pocos Papas que se citan como indignos, erró jamás en cosa de fe a pesar de sus desvaríos.
P. Bebo daros mil gracias, porque con vuestras instrucciones habéis desvanecido muchas preocupaciones que tenia, y me habéis enseñado a querer y respetar, cual corresponde, al Jefe au gusto de nuestra Santa Religión, ál Vicario de Jesucristo en la tierra. Explicadme ahora algo acerca de los Cardenales.
R. Su origen dimana del antiguo clero Romano, a cuyo cargo estaban, bajo diversos títulos, las varias Iglesias de Roma. Andando el tiempo, como era natural, creció su esplendor a medida que se iba aumentando el que adquiría todos los días la Iglesia Romana. Los Cardenales fueron desde el principio, y lo son todavía, los consejeros del Sumo Pontífice, y los que más de cerca procuran el bien de la Iglesia universal; son también los que reunidos en Cónclave elijen el nuevo sucesor de S. Pedro, cuando está vacante la Santa Sede. Subsiste aun en el día la costumbre establecida ya generalmente en los primeros tiempos, de que el Soberano Pontífice se escoge de entre ellos. Los Cardenales, en fin, con el uso mismo de intervenir en los asuntos Religiosos, han adquirido una práctica y habilidad suma en su manejo, y asi es que asisten al Sumo Pontífice en todos los más interesantes negocios de la Iglesia universal.
P. Ya lo entiendo; pero permitidme que os haga una pregunta: ¿Cómo puede conciliarse el lujo que llevan los cardenales, con la pobreza y la humildad de Jesucristo?
R. Os contestaré ante todas cosas, que no es tan excesivo como os parece el lujo de los Cardenales. A más de que, si lo miráis despreocupadamente, ¿ qué otra cosa es este fausto y ostentación, por otra parte bastante moderada, sino una señal exterior de su dignidad? Es preciso advertir, que los Cardenales son los que más se acercan al Trono del Pontífice, son los Príncipes de la iglesia, son los primeros Ministros del mayor de los Soberanos; ¿ y quisierais que no se presentaran con cierto decoro exterior? Por lo demás, es mucho más reducido de lo que pensáis el número de sus criados, y proviene en parte de su misma familia, y en parte de los cargos que desempeñan. Me atrevo a deciros que no hay Obispo alguno anglicano, por pobre que se le considere, que no tenga el duplo o el cuádruplo, y aun hay muchos que tienen el décuplo y mas, que los Príncipes de la iglesia. Hablase de la renta cardenalicia, pero muchos de los que hablan en contra de ella, ignoran que no bastaría por sí sola para sufragar los gastos de su manutención; y yo apuesto a que hay simples Párrocos anglicanos, que no trocarían sus rentas por las de los Cardenales. Por lo que respeta a la pobreza y humildad de Jesucristo, que los protestantes solo saben recordar a los demás, es preciso hacer una distinción entre la dignidad y la persona que la tiene: la primera es muy grande; mas, la persona que se halla revestida de ella puede ser la más pobre de espíritu y la más humilde. Prueba de esto, son los muchos . Cardenales que veneramos entre los Santos, como por ejemplo, San Carlos Borromeo, el Beato Barbarigo, el Beato Tomas, el V. Belarmino y muchos otros. En cuanto a la púrpura, se ha adoptado este color como a símbolo de la sangre que los Cardenales juran derramar siempre que lo exijan las circunstancias, en defensa de la fe y de la iglesia. Debéis saber además, que la vida de los Cardenales es muy pesada; como que la emplean casi toda en asuntos los más graves y espinosos, y en discutir las innumerables, cuanto difíciles, cuestiones que se les proponen de todo el Orbe católico.
P. Confieso francamente que hasta ahora no conocía a fondo todo esto. Vamos adelante: decidme algo, si gustáis, de los Obispos.
R. Nadie ignora que los Obispos son los sucesores de los Apóstoles; son superiores a los simples sacerdotes, y puestos por el Espíritu Santo para gobernar la Iglesia de Dios. Todo el Episcopado unido al Sumo Pontífice constituye la iglesia docente, ora esté disperso, ora se halle reunido en Concilio.
P. Cierto que es digna de veneración la autoridad de los Obispos de la iglesia católica. ¿Cómo es, pues, que los herejes y los incrédulos se desatan en tantas invectivas contra ellos?
R. Por la misma razón que se enfurecen contra el Papa y contra los Cardenales, a saber: porque los Obispos también condenan sus errores y quieren poner coto a sus desmanes. Por esto es que les tienen declarada los herejes una guerra obstinada; los calumnian, y si pueden, los destierran, y se apoderan de sus temporalidades, si no quieren ceder a sus injustas pretensiones haciendo traición a su conciencia. También esta es la gracia de algunos Gobiernos, que han dado en la flor de perseguir a los Obispos porque declararon que cumplirían con sus deberes sin atender respetos humanos. Los protestantes y los anglicanos quisieron empuñar el báculo pastoral, y mandar despóticamente a los Obispos católicos, de la misma manera que mandan a sus perros mudos, quiero decir, a sus ministros del culto, y a los obispos anglicanos y a sus ministrillos. Mas, como los Obispos católicos no quieren aceptar tan vergonzosa esclavitud, de ahí dimana que los persiguen los impíos y los hacen mártires de su deber; pero los Obispos católicos no temen el martirio.
P. Esta firmeza me hace respetar y venerar a los Obispos, y despreciar al propio tiempo a estos cobardes ministros de las diversas sectas, viles esclavos del poder, verdaderos perros mudos, que solo saben lamer las manos y la cara de su dueño, el poder civil

R. En efecto, debéis tener mucha veneración y deferencia para con los Obispos de la Iglesia católica, única que puede formar tales héroes.


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